Lo que nos define como argentinos: De la independencia de 1816 a la globalización de la cultura
ARCHIVOS EN EL AIRE. Cómo se construyó la identidad de los argentinos, teniendo en cuenta que se cumple un año más de la colonización.
En este mes se conmemora el día en que Cristóbal Colón llegó a América y España impuso su cultura a los pueblos que habitaban estas tierras. Además, en este año se cumplieron 200 años de la independencia argentina, por eso decidimos tratar la identidad nacional de nuestro país como construcción social, donde factores históricos, políticos, económicos, culturales han ido formando y transformando la identidad de los argentinos.
La Identidad nacional se puede definir como el sentimiento subjetivo de una persona a pertenecer a una nación concreta, a una comunidad en la que existen diversos elementos que la conforman y la hacen única, como por ejemplo la lengua, la religión, la cultura, la etnia, etc.; sobre los cuales se asienta el sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional. (Talavera Fernández, 1999).
La identidad argentina comenzó a construirse luego de la conquista española y la fundación del país. Hechos históricos como la Primera Junta y la independencia marcaron nuevos hitos en la conformación de la identidad argentina, pero que se vieron marcados por la visión que compartían muchos próceres argentinos (entre ellos Alberdi, Sarmiento, Roca): los pueblos que habitaban América debían ser desterrados o incluso eliminados porque la raíz del problema de la Argentina se encontraba en el mestizaje que se produjo durante la conquista de América. Tanto Alberdi como Sarmiento consideraban que el mestizaje provocó una “degeneración” de la “raza hispana”. Se trató de una confrontación de los “indígenas salvajes” contra un “nosotros”, que englobaba a todos los europeos nacidos en América.
Esta dicotomía de “civilización o barbarie” propició la expulsión, despojo, maltrato y abuso de los pueblos originarios durante siglos. Pasaron a ser un estorbo, una prueba del atraso que debía ser eliminado. Luego de la independencia, la mayoría de los políticos e intelectuales de la época pregonaron la idea de que la “raza” que se hallaba en el país no era suficiente para que éste se impulsara económicamente. Para eso, era necesario promover la inmigración europea y traer con ella las “avanzadas” formas de trabajo, comercio y economía.
Sin embargo, durante el gobierno de Mitre se dio un intenso debate en torno a la necesidad de crear una identidad, de lograr una homogeneización de la población en torno a la construcción de una imagen de “lo argentino”, en el contexto de crisis de la primera modernidad y presencia patente de una otredad a partir del proceso de inmigración masiva europea. Se produjo una inversión de la valoración de los términos de la dicotomía “civilización” y “barbarie”, de tal manera que comenzó una revalorización de lo criollo y lo gauchesco al punto de considerarse el Martín Fierro como el poema fundante de la nacionalidad. El gaucho, personaje denostado, subalterno y no deseado de la sociedad, sinónimo de vago y pendenciero, pasó a ser el prototipo del argentino encarnando en su figura la imagen de una tradición nacional.
A pesar de plantear la construcción de una identidad nacional, el sociólogo Sergio Vergne –docente e investigador de la UNLaR- afirma que el concepto de identidad nacional se conformó de manera hegemónica y centralizada desde Europa, dejando de lado la diversidad y demostraciones culturales inmersas en nuestro país.
Desde la época de la independencia, Argentina siguió poniendo la mirada en Europa y tratando de imitar las formas de trabajo, educación, economía que se practicaban en esos países centrales, sin tener en cuenta que la población era distinta en Argentina, como también las costumbres. En este marco, Vergne sostiene que el continuo conflicto de identidad de nuestro país viene de la inmigración europea del siglo XIX con la identidad propia de los pueblos que habitaban este suelo previamente y con los cambios propios que se dan por las migraciones.
“No podemos hablar de una identidad nacional, sino de distintas identidades y es cierto que Argentina ha tenido como dos identidades, una que viene de esa migración europea y de ese proyecto de país agroexportador, de la Pampa húmeda, que continúa con la idea de la concepción europea y luego está el país interno, el resto de Argentina, que tendía a otra construcción socio-cultural y productiva” explicó.
Así continuó diciendo que cuando se habla de brechas en Argentina, las brechas de estos últimos años, en realidad es la misma brecha que siempre ha habido en Argentina, entre un país mirando hacia Europa, con un modelo agroexportador, que trae productos importados, siempre atento a las novedades que vienen de afuera, que todo lo que viene del exterior del país es mejor, sobre todo si es europeo y anglosajón. Y en cambio está esta otra Argentina que mira hacia el interior, que busca la propia identidad, la aceptación de la diversidad de los pueblos ancestrales, de la Argentina criolla, de la época del mestizaje.
“Desde los medios de comunicación también se intenta homogeneizar la cultura, un tipo de identidad nacional, la que mira siempre hacia lo europeo y países centrales, como si ésas fueran nuestras únicas raíces”.
En Argentina hay un millón de personas que se reconocen como descendientes de pueblos originarios, según el último censo nacional realizado en 2010. Se trata de 31 pueblos indígenas distribuidos en el país. En La Rioja, 3935 personas se identificaron como descendientes del pueblo Diaguita.
Siguiendo una escala de las cinco provincias con mayor cantidad de personas que se identificaron como indígenas, primero está Buenos Aires, que registró casi 300 mil personas. Luego sigue Salta, con 79 mil. Jujuy con 52.500, luego Córdoba, con 51.100 y Santa Fe, con 48.200.
Considerando la identidad desde una perspectiva pragmática, Alfredo Moffatt (psicólogo social, discípulo de Pichón Rivière) sostiene que (puede que no todos se sientan identificados) los argentinos somos depresivos, tramposos y soberbios: “somos depresivos porque estamos solos, muy lejos de todo. Y el depresivo es hipotónico, le cuesta trabajar y el que no trabaja tiene que ser tramposo para vivir, porque no trabaja; y el ser depresivo y tramposo es muy humillante. Entonces para poder tapar esa humillación también somos soberbios”. Moffatt también habla de la pertenencia que los argentinos no sienten como tales cuando afirma que “en Londres hay 10. 000 argentinos viviendo pero no se ve ningún club de argentinos, porque son todos Ingleses. Los argentinos se integran a la sociedad a donde van”.
Pero el argentino, según Moffatt, “tiene” algo muy valioso desde el punto de vista de la comunicación emocional, que es la profunda subjetividad. “Dos argentinos se encuentran en un bar a tomar un café y pueden confesarse cosas muy profundas en la primera media hora de haberse conocido. En cambio vos trabajás un año con un norteamericano, y luego vas a la casa porque te invitó a una fiesta y se emborracha, entonces te enterás que su hobbie (como una gran confesión) son los avioncitos de juguetes” dice el psicólogo.
Por otra parte, el escritor asegura que en nuestro país hay una marginalidad profunda en el obrero argentino: “se siente astuto cuando jode a su patrón. En cambio el alemán, el norteamericano y el japonés, se sienten astutos cuando obedecen porque se sienten integrados al sistema. Pero ellos se benefician siendo eficientes, en cambio en Argentina si se es muy eficiente ningún patrón lo reconoce, traduciéndolo en un sueldo bajo, por ejemplo”.
Desde una perspectiva política, Alfredo Fraschini,
autor de “Hacia un proyecto cultural argentino” comenta que el mal histórico
primordial de Argentina es la corrupción, la cual “consiste en evadir
impuestos, escapar de las leyes, obtener cargos sin merecimientos válidos, ser
agraciado con un premio, ganar una licitación, entre muchas otras acciones
provechosas- por vías no aceptables moral o legalmente y con dinero,
generalmente mucho, de por medio”.
Otro mal histórico según Fraschini es la intolerancia,
que ha generado antinomias nefastas –entre saavedristas y morenistas, porteños
y provincianos, unitarios y federales, peronistas y antiperonistas- y las
aparentemente inofensivas, como las de los equipos de fútbol, que se han
convertido en trágicas por acción de las barras bravas.
El "olvido" vendría a ser otro mal
argentino, donde, según Faschini, nuestro país “padece un olvido culposo,
disfrazado de desatención o de cambio de enfoque; un olvido selectivo y
perverso. Olvido de grandes artistas, de grandes escritores” afirma.
Los argentinos también atravesamos una serie de contradicciones históricas donde la riqueza del suelo abunda, frente a pobreza de muchos de sus habitantes; la presencia mundial de importantes científicos e intelectuales argentinos frente a la falta de escolarización de numerosísimos niños y jóvenes; la indefinición cultural entre lo auténtico y lo que viene de afuera.
En conclusión, la construcción de una identidad nacional es tan compleja como la construcción de una identidad individual. Las luchas de poder, la dominación, la dependencia con países extranjeros, la administración política, las costumbres, ideologías, migraciones, estos aspectos y muchos otros son los que definen nuestra identidad y la transforman, creando nuevas identidades, distintas entre sí.
